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El Tiempo en Segorbe. Predicción

El Tiempo en Segorbe

martes, 29 de diciembre de 2009

Hacia Canales


Cuando las primeras sombras de la noche se disponen a cubrir la superficie de la tierra, el caminante dirige sus pasos hacia Canales. Anda despacio. Quiere gozar de la hora del crepúsculo, contemplar, arrebujado por el sudario de la soledad, del silencio abrumador, una puesta más de sol. En el aire queda suspendida una luz densa, azafranada, que lentamente va apagándose, transfigurando el paisaje, pasado del viso dorado al malva. Los cirros aparecen empapados de tonos encarnados, mientras el azul del cielo queda derrotado, dando paso al terciopelo negro de la noche.

La dulzura de la tierra, acicalada por la hermosa, por la suave luz moribunda que fluye raseando las ondulaciones montañosas de Andilla, embelesaba al caminante. Del suelo surtía una frescura húmeda, que acuciaba más el perfume que emanaban las hierbas. Por la rectilínea vereda real de la Salada regresaba un pastor con su hato de ovejas. Los mastines, al verme, empezaron a gruñir, y ante la voz atemperante del pastor, cesaron en sus manifestaciones amenazadoras. El pastor y el caminante, mientras se acercaban a Canales, dialogaban de sus cosas con matizada curiosidad. Las ovejas, cansadas del ejercicio de la jornada, iban cabizbajas, apiñadas, lentas… Los perros, jadeantes, seguían observando al ganado.




¡¡¡FELIZ AÑO 2010!!!

domingo, 27 de diciembre de 2009

Hoy cumplo años


Hoy, domingo, cumplo años. He surcado felizmente la década de los sesenta. Y empiezo otra, con las condiciones óptimas para celebrarlo, para continuar con mis actividades. Y lo hago con el mismo ardor que cuando era un chaval. Bueno, lo sigo siendo je,je,je... Aún me aborda la adrenalina cada vez que esbozo el sugestivo ritual de colocarme las botas para encontrarme con mis montañas. Todavía mantengo encendida la antorcha de la ilusión cuando mis singladuras son senderistas y viajeras. Y espero seguir así otros veinte años, como menos.

¿Y por qué esta pasión sigue latente desde aquella bendita excursión que hice a los 17 años a mi adorada sierra Espadán?

Hay dos frases que refrendan esta vida dedicada a las montañas, sobre todo:

"Solo los seres que disfrutan libremente de un gran horizonte son felices en este mundo" (Damodara).

"Un paisaje cualquiera es un estado de ánimo" (Amiel).

Mi ánimo se vivifica hoy como las flores de primavera. Pero no se va a extinguir. Seguirá luciendo siempre que encuentre senderos hacia lo alto y lugares para viajar y conocer.

Muchísimas gracias, Amigas y Amigos de este blog, por vuestra enriquecedora compañía. Por esta Amistad que me brindáis, que es todo un lujo para mi.

Quiero, pues, continuar gozando con el melodioso viento de la naturaleza, en el incomparable pentagrama de sus riquezas; quiero continuar visitando, como la primera vez, ese mundo donde la paz y la tranquilidad brillan como las estrellas de la noche, con toda su pureza y majestad.


¡GRACIAS!

LUIS G.

martes, 22 de diciembre de 2009

Una foto en la mesa


Decía Cela que “el escritor, para entender Castilla, a veces la camina”. Para entender mi tierra, la Comunidad Valenciana, este aprendiz de escritor a la antigua usanza viajera, la camina desde que su mujer le compró el primer par de botas, de atinada calidad excursionista. Y henchido de felicidad repitió la ruta que hizo cuando tenía 17 años: Trepar -que no ascender- las ásperas fauces rocosas del indómito pico Espadán por su vertiente más impetuosa. Y lo hizo a gusto, incluso pasó parte de la noche dormitando en un viejo corral, arrimado al dulce canturreo del barranco de Aguas Negras, para iniciar la ardua singladura escaladora en la misma madrugada, recibiendo como vivaz compañía los siderales guiños de las estrellas.

Y cuando aquellas primeras botas no pudieron resistir más las constantes palizas que le dio el caminante, con amorosa persuasión por aterrizar en sus pies por el medio que llegaron, y les sucedieron otras y otras, andando con contemplativa ilusión y juvenil fogosidad por la pintoresca epidermis de las tierras valencianas, con el tesón y la voluntad crecidas por los años, y sus delicadas tareas literarias se asomaron al sugestivo firmamento bloguero, el caminante “soñador de cumbres y de horizontes”, empezó a hacer lo mismo que su admirado maestro C.J. Cela: Colocar en la mesa de su despacho una foto -el caminante de tamaño 13x18- de la reciente andadura realizada, y relatar, ante la imagen, los dones, virtudes y curiosidades que recibió en su acabada andanza viajera, para contarlas, con amorosa pasión, a sus ilustres amigas y amigos, a las seguidoras y seguidores de su blog.


¡¡¡FELICES FIESTAS A TOD@S!!!

domingo, 20 de diciembre de 2009

Andrés (relato)


Tenía que llegar a la aldea. La nieve se adueñaba del paisaje y del camino. Todo era blanco, las cumbres de los montes, los muros de piedra seca, las faldas de la sierra, las copas de los árboles. Todo lo que la vista abordaba destellaba al sol. Resplandecían los copos asidos a las ramas de los pinos, como condecoraciones inmaculadas. Y cuando algunos se desprendían de las ramas, sensibles al soplo de un viento juguetón, se dispersaban en minúsculas partículas, bailando incesantes al caer.

El paisaje adoptaba matices de grandeza. Solo la franja libre de vegetación del camino era el cordón umbilical que unía la carretera y la aldea. Un cordón atávico de apenas dos kilómetros de longitud, donde las referencias estaban extinguidas por el albo paisaje.

En la aldea estaba Andrés.

Andrés era un viejecito que vivía solo en su casa, teniendo como única compañía un perrito de color canela. La primera vez que lo vi fue cuando visité la aldea unos cuatro meses atrás. Estaba plantando un rosal trepador, porque le gustaba que la fachada de su vivienda se adornara de flamantes rosas en la primavera, haciendo compañía a los geranios y a las parras, que volaban con el tendido de sus vástagos.

Dejó su faena y me acompañó por la aldea, hablándome de muchas cosas de su vida, enmarcada en estos espacios donde los jilgueros y los pardillos anidaban en las encinas, las alondras cantaban alegres y las liebres se apeldañaban por las querencias de las cañadas.

Nos hicimos buenos amigos. Volví a su casa más veces. Y en la última Andrés me dijo que me iba a regalar un jamón, que volviera dentro de unos veinte días.

Y allí estaba, caminando entre la nieve, con un frío helado que me cortaba la cara. Pronto estaría en la casa de Andrés. Y charlaríamos amigablemente, como otras veces, al arrimo del fuego del hogar, que calentaba su comida y el ambiente.

Llegué a la aldea. En invierno parecía aislada, adormecida. Y los escasos habitantes se refugiaban en sus casas, acogidos al calor del fuego, quemando la leña apilada en el cobertizo.

Estaba ante la puerta de la casa de Andrés. Varias veces toqué la albada, pero no me abría. Solo se escuchaba el siseo del silencio. Al llamarle, la cabeza de una vecina se recortó por el vano de una ventana.

-¿A quién busca?

-A Andrés.

-Andrés murió hace una semana.

La respuesta de la vecina me dejó perplejo, aturdido. Se me puso un nudo en la garganta y no sabía que decir.

-Se puso muy mal, llamamos a una ambulancia y se lo llevó al hospital. Falleció a los pocos días. Su
familia, que pasó por aquí, nos dijo que murió de un ataque al corazón.

-Gracias.

La palabra me salió temblorosa. Y volví al camino. Detrás quedaba la casa de Andrés, ahora vacía. El rosal que plantó y la parra brotarían en la primavera, como signos de vida que introdujo mi amigo.


Renuncié a ver el blanco paisaje. El día tenía un aire gris y macilento. Sentía como me caían unas lágrimas, humedeciéndome el rostro.

Los pinos, amortajados de blanco, parecían un pelotón de figuras misteriosas.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Virtudes (relato)


El silencio abrumaba la marcha del caminante. Románticos rosales silvestres salpicaban las márgenes del camino. Los cerros esculpían afiladas cisuras, como dientes de sierra. Los chopos chorreaban sus verdes sayales y los sauces lagrimeaban sus caídos ramajes.

Todo era contemplado por el caminante, que dirigía sus pasos por un paisaje desconocido, nuevo, con el sol arrimando su luz entre encuadres de esmalte, cubriendo melancólicamente las breñas.

Al doblar una curva del camino, el caminante se topó con una pequeña aldea. Dos palomas volaron alocadas al entrar en la plazoleta del caserío. Dos gatos miraron con indiferencia la presencia del caminante. Y el olor a antigüedad flotaba en la aldea, en los muros y fachadas de piedra y en sus añosos tapiales. El sol resaltaba el color rojo de unos geranios. Parecía que había vida en la aldea, pero únicamente el silencio revoloteaba a sus anchas por el tejido secular de las cerradas viviendas.

Sentado, el caminante piensa en estos rincones ocultos a la modernidad de las grandes urbes, donde las romanzas de la naturaleza, el verde florido de la tierra, el silencio y la quietud son tesoros que redoblan musicalmente.

-¿Qué hace aquí?

La pregunta me la hace una anciana, de cuya presencia no me había dado cuenta mientras estaba escribiendo en mi cuaderno de notas.

-Apunto cosas de aquí, señora.

-Mire, pase a mi casa y escribirá mejor.

Me acomoda en una silla. Estoy en el comedor, que aparece centrado por una mesa rectangular, de buena madera oscura. La estancia no es muy grande, y en los anaqueles de un pequeño mueble veo los cuadros de tres niños.

-Son mis nietos. Se llaman Pablo, José y Pilar.

Y, a continuación, añade:

-Por aquí no viene nadie. ¿Que busca?

-Soy un caminante de los que se dice soñadores de montañas, de paisajes, de una cultura rural. Busco la conversación con gentes como usted, tan amables y hospitalarias. En este mundo en que viven ustedes me encuentro muy a gusto, lejos de la altanería de las grandes ciudades, de la envidia, del egoísmo y del egocentrismo de algunos. ¿Me entiende, señora?

-Claro que sí. Nosotros somos felices con lo poco que tenemos, aunque no nos crean en ese mundo del que viene usted.

La anciana me sacó unas pastas y me sirvió un café.

-Oiga, la veo tranquila, confiada conmigo, atendiendo a un desconocido.

-¿Cómo se llama?

-Rafael.

-Pues mire, Rafael, enseguida que le he visto ahí fuera, le he mirado a los ojos, he estudiado su semblante en pocos segundos, y he visto a una persona noble, incapaz de hacer daño a nadie.

La respuesta me ha emocionado, y así se lo digo.

-¿Cómo se llama?, añado.

-Virtudes.

-Con su permiso, Virtudes, salgo un momento a
la calle y vuelvo enseguida.



Al pie de un ribazo veo unas margaritas blancas como la nieve. Escojo un ramito y penetro nuevamente en la casa de la anciana.

-Tome, Virtudes, estas lozanas margaritas son para usted.

Reparo que Virtudes duda un momento, pero de inmediato toma el ramo. Lo mira, mientras por su rostro se esparce una sombra de tristeza y unas lágrimas se desprenden de sus ojos, perlando su piel arrugada.

¿Por qué llora, mujer? ¿No le han gustado?

-Mucho, Rafael. Pero lo mismo me hacía mi marido que en gloria esté. Me entregaba un ramo de flores silvestres de vez en cuando y me hacía muy feliz. Aún guardo el último que me regaló antes de morirse.

Observo en una repisa un jarroncito con unas flores marchitas, muy deslucidas, pero que siguen siendo un tesoro para Virtudes, el dulce recuerdo de la galantería de su marido, obsequiando a la mujer de su vida.

-Gracias, Rafael, las voy a poner al lado.

Todavía emocionado me despido de Virtudes. Me acompaña hasta la puerta de su casa. Contemplo ahora su rostro, que es alegre.

-Adiós, Rafael, que sea muy feliz.

Y la dejo con su soledad, con sus recuerdos Pronto, me dijo, recibirá la visita de sus nietos, que la cubrirán a besos.

El cielo es azul. Por el camino pasan ovejas de color blanco, que levantan nubes de polvo que se esfuman en el aire. Y dos alondras peonaban por los umbrosos robledales del río.

lunes, 14 de diciembre de 2009

En la Serra Gelada


Con alguna peripecia viajera del conductor -había que ver el semblante de los arrozales de Cullera cuando el alba rasga las tinieblas de la noche-, llegamos al punto de partida de la excursión (nuestra ruta navideña) que nos propuso José Manuel (RocaCoscolla) para este sábado: la arrogante Serra Gelada, una encantadora sierra del litoral alicantino situada entre las bahías de Altea y Benidorm, con una longitud de seis kilómetros.

Con un tiempo muy afortunado, con esbozo general de neblinas, partimos desde el Rincón de l´ Albir, en el punto donde se ubica el área recreativa situada en el comienzo del Camino Viejo del Faro. Se formaron dos grupos. Uno marchó por el camino para remontar las empinadas vertientes del Faro hasta el punto culminante de la sierra, el Alt del Gobernador, de 435 m. de altitud. El otro, menos numeroso, subió por la ruta clásica. En la mayor altura de la sierra se unieron los dos grupos. Y en esta privilegiada atalaya las miradas se recrearon en el majestuoso panorama que ofrece esta cadena de farallones, desplomes y acantilados, soberbias fachadas de costa brava recortadas por la línea quebrada de cantiles y playitas, donde los espumosos chapoteos de las olas hilvanan acordes blancos orlando el azul. Debajo de la cumbre, se alargaba la punta de l`Albir, que ha sido desde los tiempos remotos un referente para la navegación.

Las brumas, como bullentes velos cenicientos, flotaban sobre los espacios de la Marina Baixa. Y como un gigante que es, el Puig Campana asomaba el empaque de su cumbre sobre el extendido brumazón, aireando su superioridad como mítica montaña.

Desde el Alt del Gobernador, y después de degustar el almuerzo, con una sintonía de buenas bebidas, exquisitas pastas y el colofón de la foto del grupo, cuyos componentes lucieron los típicos gorros de Papá Noel, se prosiguió de nuevo la andadura por el itinerario que protagoniza la travesía integral de la sierra. Admirable y contemplativa ruta aterciopelada de pinares que finaliza en Benidorm. Enlaza las cotas cimeras, siempre caminando al lado de los acantilados, con una portentosa sucesión de proas que se abisman en verticales paredones. La entretenida progresión por tan bello y balizado sendero, se enriquece por los continuos desniveles a salvar, que otorgan una cierta dureza al itinerario, siempre aderezado por los oportunos descansos y la charla amigable.

El sendero concluye en una monumental cruz. Y por una calle descendente ingresamos en la populosa ciudad de Benidorm, punteada por la jactancia de los rascacielos. Tomamos el autobús urbano número 10 que nos trasladó al Albir. Y en un restaurante celebramos la comida, donde la armonía y el divertido tono reinaron en el grupo. Nuria hizo entrega a José Manuel de un regalo por parte de los reunidos en la comida como de los ausentes, como muestra de gratitud a su dedicación y excelente labor que nos ofrece constantemente.

En fin, que disfrutamos de una ruta estelar, preciosa, de las que merece la pena y crean afición.

Y…


Felices Fiestas a tod@s.



























domingo, 13 de diciembre de 2009

La laguna del Portillo


Es un paraje ideal, reconvertido y mejorado para recreo, aunque todavía no se ha abierto al público, faltando poco para culminar las obras. Un nuevo hito a las puertas del Parque Natural de la Sierra Calderona. La laguna del Portillo, sita en el término de Segorbe, será un punto de encuentro para los amantes de las áreas paisajísticas de la comarca del Alto Palancia. Debidamente acondicionado, junto a la laguna, el terreno se ha transformado como una espaciosa zona de descanso, y una senda ecológica se eleva entre la pinada hasta el punto más alto del paraje, donde se ha ubicado un mirador, desde donde se avista una buena parte de la sierra Calderona con sus cumbres más prominentes, dilatándose la panorámica hacia la cabecera de la comarca, abarcando todo el sector NE.

Esta laguna tiene una superficie de 0,6 ha. y su profundidad máxima se estima en 15 m.

Al igual que las otras lagunas que dispone Segorbe, como de la Rosa, El Gabacho y la Rodana, la flora que enriquece las orillas está representada por plantas como la enea, el junco, el carrizo… y árboles como el pino.

Esta laguna se mantiene por las escorrentías que se forman en las épocas de lluvia. Las cubetas se originaron a causa de las explotaciones mineras de extracciones de arcillas, que tuvieron lugar durante la segunda mitad del siglo XX, material utilizado para la industria azulejera.





jueves, 10 de diciembre de 2009

A 3000 metros (relato)


Acababa de ascender el último 3000 de la jornada. Preparaba la cámara para hacerme una foto. Y, como una visión, surgió ante mí la persona más bella del Pirineo. Su figura se recortó contra el cielo. Tenía una hermosa melena castaña, que descansaba en cascada sobre sus hombros.

-¿Has visto un piolet?, me preguntó.

-No.

-¿Te hago la foto?

-Pues…, sí.

Creo que fue la mejor foto que he tenido de un 3000.

Buscamos el piolet y lo encontramos a los pocos minutos.

-¿Nos sentamos?, me dijo.

Esperaba a sus compañeros, que escalaban la cumbre del Gourgs Blancs, una bella montaña. Era simpática. Su sonrisa era como una rosa reluciente y sus ojos recitaban un melodioso color verde, que se emparentaban con su polar rojo, abierto por el cuello, por donde se pronunciaba su generoso escote.

Era vasca y recorrían el Valle del Tena con sus tiendas a cuestas. Pero iba cansada y no esperaba tener compañía al lado del pico. Y yo me encontraba a gusto junto a esta bonita muchacha.

-¿Visitas bastante el Pirineo?

-Sí, estas montañas son fabulosas, le contesté.

Nos encontrábamos en la cumbre de la punta Lourde Rocheblave (3.104 m.), entre los Pirineos franceses y españoles. Los lagos, a los pies de las montañas, formaban anillos azules salpicados de hielos, cuya blancura se acentuaba imperativamente sobre las aguas.

Me habló de su tierra, de sus aficiones; charlamos de muchas cosas, a veces divertidas, y sus ojos iluminados por el sol -el día era alegre- tenían una mirada romántica, ensoñadora.

Los Pirineos nos rodeaban y nuestra repentina amistad surcó estos espacios de alta montaña. El día era irreprochable; nos hallábamos a gusto ante los escarpamientos verticales que se deslizaban desde el Gourgs Blancs. Nos contemplaba el poder de la naturaleza, su pureza.

-¡Qué bien se está aquí!

Nos sentíamos libres sobre estas montañas llenas de silencio.

-Estas cimas se aman ¿no te parece?

Le contesté que sí, que parecen palacios mágicos. Y le cité una frase del pionero del Pirineo, el conde Henry Russell:

-“Un matemático sería poeta a estas alturas. Un filósofo se enternecería ante este parecido vago y conmovedor que tienen las montañas con la humanidad; abajo, la vida de las flores y la primavera, los arroyuelos vagabundos; más arriba y gradualmente, la desolación, las ruinas, la muerte, y, en la cima, el Paraíso y el Infinito”.

Esbozó una sonrisa cálida, complaciente. Entonces se escucharon unas voces, llamándola:

-¡Ainhoa!

Se levantó cuando aparecieron sus amigos. Y antes de marcharse sus ojos se fijaron en los míos. Le dije adiós y ella comenzó a andar ladera abajo, con el pausado ondular de su melena. Pero antes de desaparecer de mi vista, se giró, y me envió un beso con la mano. Yo hice lo mismo.

Ainhoa es solo un recuerdo, pero embelleció un feliz momento a 3000 metros de altitud que impactó en mis sentimientos.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Los pinzones de Castro


Está reciente la última incursión por la Sierra Espadán. Nos hemos adentrado por sus valles, bajo el cielo puro y diáfano. Entre augustos silencios el espléndido bosque de alcornoques asomaba su aristocracia, con centenarios ejemplares de robustos troncos. Vegetación espesa que cubre vertientes y cordales, en las ordenadas depresiones de los barrancos Cabrera y Forcall, decorados por desafiantes cantiles, desplegando el acento de sus tonos rojizos, símbolo del rodeno, fracturado por inestables proas de formas caprichosas.

Las sendas son una filigrana en su trazado. Guirnaldas sinuosas en busca de las alturas, mientras petirrojos y verdecillos transitaban entre el ramaje en busca de alimento. El sol acuñaba las copas de los alcornoques, besando su grisácea heráldica.

Llegamos al castillo de Castro, a sus ruinas, una fortaleza antaño cerca del cielo. Encaramado sobre un añoso cerro, hacia el sur se desploman vertiginosamente los acantilados, lucidos escarpes que amoldan su pintoresquismo hacia las lejanías. El conjunto de estos vestigios nos recuerda su pasado, su origen árabe. Pero ahora es un hito excursionista de evocadora presencia en el paraíso de Espadán. Una espectacular atalaya que se llena de arrobadas atmósferas para profundizar felizmente la vista hacia lejanas montañas, con la magnífica silueta del patriarcal Penyagolosa punzando el vestido azul del cielo, y el litoral marítimo extendiendo su odisiaca reverberación.

Una pareja de simpáticos pinzones, sin importarles nuestra presencia, picoteaban con gracia los restos de comida sobre el mantel de una roca. Alegraban el rostro del castillo, con sus cortos vuelos, orillando cantos y aristas. Regresaban a su condumio, felices y nada tímidos. Eran libres, y nuestros corazones se unieron a ellos.







viernes, 4 de diciembre de 2009

Viento


El viento imprime rumores
corriendo entre la arboleda,
las ramas son cuerdas,
de una guitarra trémula.

Las nubes galopan rápidas,
en la tarde berbejenca,
cargadas de brillos álbeos,
sobre las montañas madrigalescas.

El sol desparrama sus rasgos
entre sonidos vespertinos,
gime el viento insistente
con soplidos levantiscos.

Sobre un fondo atenuado
el crepúsculo enarbola su sueño,
los colores se apagan enlazados,
mientras
arrumba el tono marceño.

martes, 1 de diciembre de 2009

Vía Verde Benicàssim-Oropesa del Mar


Esta mañana he recorrido la Vía Verde Benicàssim-Oropesa del Mar. Con una longitud de 6 km. he disfrutado paseando por el nuevo carril, que se empareja a la costa sita entre estos dos destacados enclaves turísticos, de gran nombre en la Costa del Azahar. Esta vía ocupa la antigua plataforma del ferrocarril que unía las dos poblaciones.

Su trazado, abierto al Mediterráneo, con tramos entre trincheras, es de una deliciosa belleza, sin ser espectacular. Calas fraternas y bellos acantilados recortan la costa hasta el cabo de Oropesa. Los pinos llegan al borde del mar, formando paisajes de una calma paradisíaca, entre perspectivas de mar y montaña.

Constantemente el mar está presente y su rumor es dulce y bravo a la vez. Las olas chocan con los rocosos baluartes de la costa, creando una ronda de espumas que refulgen al sol con fantasía blanca.

La botánica que pespuntea los lados de la vía verde es muy variada, entre pinos, olivos, algarrobos, higueras…. Y plantas de las familias de las labiadas, rubiáceas, papilonáceas, globulariáceas, etc.

También asoman en esta ruta, muy concurrida entre peatones, ciclistas y corredores, dos torres que vigilaban y defendían esta parte de la costa castellonense contra los ataques de los piratas. Son las torres Colomera y de la Renegada o de la Cordà. Estos hitos históricos son de base circular y estructura troncocónica, excelentes atalayas sobre el mar. Descanso sobre una roca y veo el mar, contemplo ese Mediterráneo inmenso con sabor de olas, pletórico con su azul cobalto.

Tras recorrer un largo túnel la vía verde llega a Oropesa. Se asoma al puerto y a las instalaciones del club náutico, con sus pantalanes, amarres y embarcaciones.

Al regresar de nuevo a Benicàssim recuerdo las palabras de orientación al punto de partida de la vía verde, que me dijo un ciclista alemán tres horas antes:

-Ahí mismo está, pero se va a pie, en coche, no.

-Danke.

A mi respuesta, me dice adiós con su mano izquierda.












sábado, 28 de noviembre de 2009

El arte estaba ahí


He encontrado hace un rato la belleza. He paseado por el hechizo del bosque. Y me he sentido feliz, porque he visto paisajes románticos y soñadores, una revelación de colores castos que avivaba el sol del mediodía y rincones fantásticos donde los alcornoques, como señores del lugar y con las columnatas de sus preciados troncos, extendían el barroco entramado de sus grisáceos ramajes.

Como emblemas de la belleza otoñal, los arbustos mostraban sus colores con acento vivo, saludando a los heraldos del placer estético. Me he sentido feliz entre los suspiros de las plantas, entre perfumes que rondaban a mi lado voluptuosamente, como amorosas caricias.

Un arroyuelo parecía crear lágrimas de perlas bajo las frondas. Era su canturía alegre, como salmodiando su voz ante la grandeza del marco vegetal, orlado de vibrantes oros y granas, en medio de una quietud agradable, como monástica.

La imagen no es una obra de arte, lo se. Pero si que la naturaleza la ha bordado con sus mejores galas. Y el arte estaba ahí.